Ya sean altos o bajos, negros o blancos, hombres o mujeres o Carmen de Mairena, el conjunto de la humanidad desde pocos años atrás se ha venido conformando en dos grupos claramente diferenciados a los que pocas excepciones se escapan. Estos son: las personas que ponen como despertador del móvil canciones lentas y los que ponen canciones cañeras.
Ambos exponen sus argumentos a dos puntos clave. Los que buscan levantarse de buen humor y sosegadamente y los que buscan la ducha de agua fría desde la misma cama. Sea cual sea el grupo de pertenencia, todos cometemos el mismo error, poner canciones que nos gustan como despertador.
Sólo se necesitan unos días, quizás semanas, para arrepentirse la vida entera. Cuando escogemos nuestro tono despertador no tenemos en cuenta el futuro que le ampara a esa canción en nuestra mente; decimos:
A) "Oh! esta me encanta y además me despierto al momento!"
B) "Oh! esta me encanta y además me despierto con una sonrisa!"
JÁ!
ME RÍO! No porque digas que te despiertas al momento o de buen humor (que tampoco, ya que seguirás pidiéndole a cara de perro 5 minutos más, como todos), sino que me río porque jamás volverás a definirla con un "me encanta". La odiarás. Tanto como para escucharla y exaltarte. Como para pedir que la cambien. Como para salir de la ducha para cambiar de canción porque el maldito aleatorio ha decidido burlarse de ti poniéndotela cuando menos te la esperas. Como para dejarla como despertador para no "quedarte sin otra canción que te guste".
Pero es ley de vida, algo normal. El ser humano es un ser de gustos sencillos y si le quitas uno de ellos te odiará internamente. Y dormir está más que considerado como un gusto, y si esa canción que tanto te gustaba te lo quita... Haya la X!
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